Los más humildes compran en el mercado de Croix des Bossales, que se extiende entre edificios derruidos por el temblor. Cualquier espacio libre es bueno para extender una esterilla y vender unos pocos limones, algunos pimientos, trozos de carne o racimos de plátanos.

En algunas partes la maraña humana se entremezcla con los desperdicios. La muestra de olores es completa: desde la intensidad del cangrejo a la suavidad del plátano.

Una vuelta en moto por la zona permite observar montones y montones de basura que 'conviven' de cerca con los víveres que a diario llegan al mercado para ponerse a la venta.