Cada mañana, en Centre Ville, Jill coloca en su puesto de venta uno a uno sus libros. Han venido de Francia y Canadá, a un país en el que tan solo el 65% de la población está alfabetizada.

Cuentos infantiles, biografías de personajes históricos, novelas románticas... A menudo algún curioso se para, hojea y continúa su camino.

Jill está convencida de que su negocio, con seria competencia en un mercadillo en el que también abundan títulos en kriol y que ahora apenas se sostiene, tiene futuro. "Una vez que la gente encuentre trabajo, querrá comprar libros", defiende esta vendedora, en un país en el que el desempleo ronda el 40%.